Una enorme cantidad de ingenio y creatividad se consume en defender la conducta indefendible de políticos y poderosos. Ambas clases pueden circular a sus anchas con absoluto desprecio en algunos casos, entre la mayor parte de sus congéneres.
El espectáculo al que estamos asistiendo, sobre másteres y carreras regaladas a partir de contubernios educacionales, es una muestra de ello.

El honor
Y además, estas clases privilegiadas se quejan de persecución dando a entender que, al ser lo que son, se pone mucho más el foco en ellos.
Pero no es cierto. El honor se presupone en ellos y se pone en duda en los humildes. Pedir un crédito o moverse por cualquier administración pública es más complicado cuando el grado de humildad es mayor.
Cuanto más rico o perteneciente a la clase política una persona, mas popular será y más fácil obtendrá el respeto de los demás.
Cuanto más pobre, más tendrá que demostrar toda su trayectoria pasada
Asi pues, parece que cuanto más rico o más poderoso, más fácil es ser un pillo.
Las camarillas
Quizás, mejor que camarilla, conciábulo. Antiguamente, lo que se denominaba asociación o club, en su origen, era un lugar donde el hombre podría ser sociable. Todavía pasa en los pueblos. Sin embargo, en nuestro mundo moderno se ha convertido en un lugar donde el hombre puede ser insociable.
Los integrantes se juntan por simpatía y, en muchos casos, por la antipatía a los valores generales de orden y respeto a leyes y normas de convivencia.
La apropiación del dinero ajeno (aunque para ellos parece que el dinero público no lo es) o la obtención de títulos académicos sin los requisitos necesarios para ello son tanto origen como producto de éstas camarillas.

Cuando yo era joven
Cuando se es joven, se tienen ideales abstractos y castillos en el aire sobre la convivencia, la política o la justicia pero cuando llega la madurez, todos se desvanecen como nubes y se empieza a creer en la política práctica, a usar los medios de que se disponen y a reconciliarse con el mundo tal cual es.
Esto escuchaba de joven. Pero me mentían. En realidad sucedió lo contrario de lo que ellos me decían que iba a suceder. Decían que perdería mis ideales y comenzaría a creer en los métodos prácticos de la política. Y no he perdido en absoluto mis ideales; mi fe es fundamentalmente exacta a lo que ha sido siempre. Lo que he perdido es mi antigua infantil confianza en la política práctica.
La capacidad de asombro
Y de aquella infancia persiste la capacidad de asombro. Igual que me asombraba que la planta de las judías mágicas creciera y creciera hasta la mansión del gigante, me asombra que un trozo enorme de metal pueda surcar mares o ir, por aire, de Madrid a Buenos Aires. Sigue habiendo magia en ambos casos.
Las cosas son de una manera pero no completamente. Una naranja es redonda pero no del todo. Se achata por algún lado. Podemos decir que una calle es plana pero no lo será del todo. El hombre parece simétrico pero solo tiene un corazón. El universo nos traiciona secretamente. Y ello nos asombra.

Las irregularidades y la creatividad
Un matemático vería el defecto en la naranja redonda pero la creatividad ve una posibilidad. La creatividad no aporta simplemente verdades lógicas, sino que cuando repentinamente las cosas se vuelven turbias, puede encontrar una turbia verdad. Puede desviarse cuando las cosas se tuercen. Se adapta a las irregularidades secretas y puede prever lo imprevisible. ¡Y está al alcance de todos!.